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 English | Español September 2, 2014 | Issue #67


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Narco News Issue #66
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John Kerry y yo

Hace 30 años un joven organizador comunitario aprendió política electoral del nuevo secretario de Estado de los EEUU.


Por Al Giordano
Primera parte de la serie

29 de enero 2013

Nota del autor: Después de varios meses de investigación y redacción de un libro sobre mis primeras experiencias de aprendizaje en la organización comunitaria y medios de comunicación durante mis años adolescentes y veinteañeros, llegó la noticia de que una de las personas de esos años que he escrito, John Kerry, ha sido nominado por el presidente Barack Obama como el próximo secretario de Estado. Hoy, el Comite de Relaciones Exteriores del Senado en Washington confirmó su puesto. He conocido a Kerry por tres décadas, trabajado para él en dos ocasiones, lo he cubierto como reportero, discutido con él -incluyendo muchas veces en que fue invitado en mi programa de radio- cuando pensé que estaba equivocado y lo he apoyado cuando se que ha estado en lo correcto. Mi principal motivo para escribirlo es para compartir con las siguientes generaciones de organizadores comunitarios y periodistas auténticos lo que he aprendido sobre los medios, la organización, la estrategia, las tácticas y las experiencias que me dieron esas lecciones. También me gustaría expresar mi más profundo agradecimiento a mi editora, Katherine Faydash, por limpiar este capítulo tan hábilmente y antes de lo previos.- Al Giordano


En 1971, John Kerry, un soldado que apenas volvía de Vietnam, declaraba ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado denunciando la guerra y preguntando “¿Cómo pueden pedirle a un hombre ser el último hombre que muera en Vietnam? ¿Cómo pueden pedirle a un hombre que sea el último hombre que muera por un error?”
A principios de 1982 Charles F. McCarthy insistió en que me encontrara con su amigo John Kerry, un abogado de 38 años de edad y candidato a vicegobernador de Massachusetts. El trabajo del vicegobernador es similar al del vicepresidente: estrechar la mano del gobernador todos los días, checar su pulso, y si no se está muriendo, ir de vuelta a la oficina y pretender estar ocupado. Yo era un organizador comunitario de 22 años en las montañas del oeste de Massachusetts y no podía importarme menos quien ganaría la elección a un cago sin poder de decisión política.

Charles F. era el “jefe político” de la ciudad de Greenfield, la capital del condado de Franklin, donde vivía y organizaba. Con su ayuda, acababa de pasar el otoño encabezando una campaña para incluir un referéndum estatal en la boleta electoral de noviembre del 82 en contra de la energía nuclear y los tiraderos de residuos nucleares. La ley requería que antes de que se instalaran nuevas plantas de energía o tiraderos de residuos nucleares, se debía cumplir con salvaguardas ambientales. Los electores debían aprobar las instalaciones nucleares mediante referéndum. La industria nuclear entendió perfectamente que esto significaría la muerte para sus planes futuros.

Habíamos reunido 110 mil firmas en todo el estado, con un gran porcentaje en el oeste rural de Massachusetts, y esto aparentemente había preocupado e interesado en la capital, Boston. “Vas a trabajar con mi amigo Kerry”, me dijo Charles F. Charles estaba loco como un zorro y era propenso a declaraciones provocadoras, así que no lo tomé en serio. Mi plan era el de continuar con la campaña por el referéndum y luego utilizar esa victoria para cerrar la planta Atómica Yankee en el pueblo de Rowe en la montaña Berkshire, donde algunos vecinos y yo ya habíamos comenzado a organizar para cerrar la planta unos tres años antes.

Eventualmente haría ambas cosas, pero un contratiempo ocurrió cuando los activistas del área de Boston con quienes me había aliado para lanzar la campaña de referéndum decidieron tomar el control del esfuerzo, haciéndome a un lado (y al resto de los organizadores del oeste de Massachusetts). Nosotros, los rebeldes de las colinas occidentales habíamos proporcionado el músculo de base para lograr el referéndum en la boleta electoral, pero cualquiera que conozca el activismo y la política de Masachusetts, y los de Boston creen que el Sol tiene su órbita alrededor de ellos, sabrá de lo que hablo. Meses más tarde, en junio, cuando la organización de activistas de Boston estaba en ruinas financieras y organizativas, se culparon y me pidieron que fuera a Boston y llevara a cabo la campaña. Lo hice, y en noviembre habíamos triunfado, logrando pasar el referéndum y ganando con 1, 224, 000 votos, frente a sólo 602, 400 a favor de la industria nuclear.

Durante esos meses, escuché hablar de un tipo llamado Kerry. Charles F. me había hablado mucho sobre Kerry. “Él es un rebelde como tu,” dijo, aventando su cigarro Dutch Master Panatela al aire. Charles F. me dijo que Kerry había encabezado a los veteranos de Vietnam contra la guerra y que su campaña como vicegobernador era sólo un trampolín para un cargo más alto. “Desde que lo vi en su uniforme declarando en el Senado en contra de la puta guerra,” Charles F. que entonces tenía unos cincuenta y tantos años, dijo, “supe que ese hombre algún día sería presidente.”

Yo era escéptico, y mi política estaba muy a la izquierda, e incluso fuera del mundo electoral de los políticos. A principios de ese año, me había encontrado con el disidente Abbie Hoffman, quien poco después fue enviado a la cárcel. Había mantenido correspondencia con Abbie desde y hacia su centro penitenciario, y cuando fue puesto en libertad en un centro de rehabilitación, empezamos a hablar por teléfono con regularidad. A Abbie le pedía consejos en mis aventuras organizativas, y el regularmente me daba consejos brillantes. Cuando le dije que iba a conocer a Kerry, a quien había conocido a principios de los setentas en el movimiento contra la guerra de Vietnam- también me dijo que algún día Kerry sería presidente, y me alentó a que lo conociera.

Charles F. también le había a hablado a Kerry sobre mi. El otoño anterior, Charles F., me había llevado a través del oeste de Massachusetts a un sinfín de asambleas populares, en donde hacía una divertida presentación. Yo había convencido a un burócrata del gobierno de Ed King a que me nombrara miembro voluntario de la comisión del gobernador en torno al tiradero nuclear. En cada reunión, alertaba a los habitantes del plan del gobernador de instalar un tiradero nuclear en la zona rural de Massachusetts. Entonces Charles F. se ponía de pie y hacía un emotivo llamado a la resistencia. Habíamos logrado agitar bastante, y 106 municipios, a través de sus asambleas municipales, aprobaron ordenanzas locales de zonificación y reglamentos que prohibían los tiraderos nucleares dentro de sus fronteras, y la gente hacía filas para firmar nuestra petición de referéndum. En muchos pueblos más de la mitad de la población la firmaba.

Fue durante la lucha por el referendo, tan típicas en las aventuras activistas, que finalmente conocí al tal John Kerry. Él fue a Greenfield, donde Charles F. le hizo una fiesta. Cuando Kerry llegó a la sala de Charles F., dio una charla en parte dirigida a mí. Alabó al “activismo ciudadano” y mencionó el trabajo de la gente del oeste de Massachusetts al organizarse contra los “tiraderos tóxicos”. (Tal vez no sabía que estábamos luchando contra tiraderos nucleares, sin embargo, me pareció un hombre que respetaba la organización comunitaria en cualquiera de sus formas.) Lo que diferenciaba a Kerry del resto de ellos políticos con los que había tratado era que tenía un interés genuino en los aspectos prácticos de la organización. Otros me decían, “estoy en contra de la energía nuclear.” Pero Kerry hablaba de la importancia de la diaria organización de la gente para salvar el medio ambiente, y elogiaba nuestros esfuerzos por lograr nuestros objetivos. Me identifiqué con eso.

Luego de su charla, Charles F. llevó a Kerry hacia mi. “Este es el joven del que te había hablado.” Kerry, un hombre alto, puso sus manos sobre mis hombros y me preguntó como habíamos reunido 110,00 firmas de los votantes. Le conté nuestra historia y sobre las asambleas en los pueblos mientras Charlie hacía comentarios graciosos. Kerry se reía con nosotros y dijo que le gustaría tenerme organizando en sus campañas. Me invitó a Boston para la semana siguiente para charlarlo.

Un candidato rival para vicegobernador, la legisladora estatal Lois Pines, también había tratado de contratarme, y algunas personas que habían apoyado nuestra campaña antinuclear eran grandes partidarios de ella. Así que me fui a Boston, en un viaje en autobús de dos horas, para un desayuno con Pines y luego un almuerzo con Kerry.

Me acuerdo de aquél día especialmente por algo más: una historia de primera plana que tuvo impacto en mi vida por muchos años. Jaan Karl Laaman, organizador comunitario que se convirtió en un radical que ponía bombas y estaba vinculado al Frente Unido por la Libertad, había sido acusado de disparar contra un policía de Nueva Jersey y estaba ahora en la lista de los diez más buscados del FBI. Recientemente, Laaman se había hecho novio de una de mis mejores amigas, Barbara Curzi, quien rápidamente desapareció con sus dos hijas, Lucia y Nina, que eran como mis propias hijas, y pasaron a la clandestinidad con la organización revolucionaria de Laaman. En los siguientes años ellos y su grupo pusieron bombas en estaciones de reclutamiento militar y en las oficinas de contratistas militares. Para los próximos años, el FBI gastaba considerables recursos molestándome a mí y a otros conocidos, pensando que entraríamos en contacto con la banda clandestina o que de alguna forma podríamos llevar al FBI hacia ellos. My negativa a hablar con los federales me causaría diversos problemas en los siguientes años, pero nadie sabía eso en febrero de 1982.

Yo no estaba contento en lo absoluto con el camino que Jaan y Bárbara habían tomado. Entendía su frustración y enojo en contra del complejo industrial militar, pero también creía fuertemente en que la estrategia noviolenta era más efectiva para cambiar a la sociedad. Después de todo, estaba funcionando en nuestro joven movimiento antinuclear. Entre el shock que me provocaron los titulares y lo que consideraba la traición de los activistas del área de Boston contra mí y todos los habitantes del oeste Massachusetts, comencé a darme cuenta que los “activistas” no tenían todas las respuestas. Estaba buscando respuestas que cambiaran el mundo, pero aún era muy joven y no tenía las suficientes habilidades para lograr algo que nunca se había hecho: el cierre de una planta de energía nuclear en operación. Llamé a Abbie y le conté sobre mi dilema, que los políticos trataban de contratarme, pero no quería venderme o convertirme en parte del sistema.

Abbie respondió: “el revolucionario de hoy mantiene un pie en el sistema y un pie fuera de él.” Me animó a tomar el trabajo con Kerry y utilizarlo como experiencia de aprendizaje. (Años más tarde ofrecería ese mismo consejo a jóvenes rebeldes de los Estados Unidos, el que una de las mejores formas de aprender sobre organización comunitaria sería asistir a la escuela organizativa conocida como “Camp Obama.”) “TIenes que aprender como piensan los políticos para poder empujarlos hacia los temas,” me dijo. Abbie me dijo que de joven había trabajado en la campaña contra la guerra de Stuart Hughes para el Senado de los EEUU en Massachusetts, y después aplicaría lo que aprendió en esta histórica organización de la juventud en contra de la guerra de Vietnam. “Las campañas políticas son como escuelas de organización,” me dijo. “Solamente no te dejes atrapar por la parte gubernamental cuando terminan, y regresa a la calle.”


John Kerry con John Lennon, mientras organizaba a los Veteranos de Vietnam contra la guerra.
Cuando llegué a Boston tomé café con Lois Pines. Me gustaba, pero debido al cabildeo de Charles F. y la experiencia de Kerry como organizador, estaba esperando más el almuerzo. Unas horas después estaba en la mesa del Mercado Faneuil con Kerry y su abogada socia, Roanne Sragow. Kerry me confesó que casi no tuvo apoyo en el oeste de Massachusetts y quería que lo ayudara a construir organización ahí. Me preguntó cuánto dinero necesitaba para hacer eso por él. Después de dos años de organización antinuclear en que lo activistas más viejos me daban asilo y comida, y me daban 50 dólares a la semana, no tenía mucho concepto del dinero y no me importaba mucho. Respondí, “cincuenta dólares a la semana.” Kerry y Sragow se miraron sorprendidos, ¡y pensé que había pedido mucho! “¿Puedes empezar hoy?” me preguntó Kerry luego de darme la dirección de la oficina de campaña en la calle Boylston y de pedirme de ir a su hermano y administrador de campaña, Cam, esa misma tarde.

La campaña de Kerry era más pequeña y menos organizada de lo que esperaba. Solamente tenía cuatro miembros de personal, yo sería el quinto, operando en la misma pequeña oficina, y no había voluntarios cuando llegué. Cam Kerry era el administrador de la campaña, Larry Carpman secretario de prensa, Bonnie Cronin administradora de la oficina y programadora y Michael Joseph Whouley director en el terreno. Whouley era un chico irlandés estadounidense de mi edad del barrio obrero de Dorchester que había salido competitivo mundo de la política de Boston. Nos llevamos bien de inmediato. Me mostró un mapa del estado y dibujó una línea alrededor de los condados de Worcester, Hampden, Hampshire, Franklin y Berkshire. Era casi la mitad del estado y un cuarto de su población. “Este es tu territorio,” dijo Whouley. “En mayo habrá una convención estatal del partido de Demócrata. Necesitamos quince por ciento de los votos de los delegados para calificar para la boleta. Tu trabajo es hacer que nuestra gente salga electa como delegados y luego convencer a los delegados a que voten por John.”

“¿Cuántos partidarios tenemos allá afuera?” pregunté. Whouley me dio una lista con diez nombres y sus números de teléfono. Eso era todo lo que tenían. Luego me dio un gran archivo con el contacto de los líderes del partido en las 172 municipalidades de mi “territorio.” Gran parte de ellos se superponían en los 106 pueblos que habían pasado las ordenanzas antinucleares y yo tenía una caja con las tarjetas de las personas que había conocido mientras organizaba en esos lugares. Pero también estaban las ciudades de Worcester, Springfield, Holyoke, Chicopee, Pittsfield y otras con pocas organizaciones del partido donde conocía poco.

Para complicar aún más la cuestión, la carrera de siete candidatos por la vicepresidencia se llevó a cabo en las sombras de la revancha entre el ex gobernador Michael Dukakis y el gobernador Ed King, un demócrata de derecho que tenía gran apoyo en las ciudades y a quien todos mis amigos y yo odiábamos apasionadamente. De acuerdo con Whouley, para lograr poner a Kerry en la boleta, necesitábamos ganarnos a los delegados que apoyaban a esos dos hombres. Habiendo organizado entre gente del campo conservadora para el movimiento antinuclear, el ganarnos a esos delegados era un desafío familiar, y lo llevé a cabo con gusto. Y sabía que Charles F. McCarthy, mi amigo irlandés, “jefe político” y enemigo jurado de Ed King, me ayudaría. Charles F. ya había asistido a convenciones políticas con esas personas por años.

Los delegados de la convención serían elegidos a finales de febrero, y yo había estado en el trabajo por solo un par de semanas. Con la polarizada revancha Dukakis-King casi ninguno de ellos había determinado cual candidato a vicegobernador iba a apoyar. Parte de mi trabajo era organizar “fiestas en casas” a las que Kerry llegaría a hablar con los delegados para lograr que apoyaran su candidatura. Pasé mis días y noches llamando a delegados de listas proporcionadas por el Comité Estatal del Partido Demócrata e invitándolos a esas fiestas. Kerry por lo general iba al oeste por uno o dos días. Me subía a su camioneta -en ese entonces el conducía a todas partes- en donde tenía el primer “teléfono celular” que haya visto, una gran caja negra entre los asientos del conductor y pasajero. Mientras conducía, le daba los nombres e historias de los importantes líderes y delegados del partido de los que había investigado, le decía lo que creía que querían escuchar de él en base a mis propias conversaciones con ellos, y les llamaba diciendo, “John Kerry está aquí y quiere hablar contigo,” y les pasaba a John.

Cuando Kerry no estaba haciendo llamadas telefónicas a delegados, utilizaba los viajes en el auto para que me contara cómo había organizado a los veteranos de Vietnam contra la guerra. Parecía que disfrutaba respondiendo a mis preguntas sin fin, y me dio la impresión que la gente no le había preguntado mucho sobre su experiencia como organizador. En esos viajes aprendí que además de su organización contra la guerra, Kerry había sido un pionero en el movimiento ambientalista. Me contó sobre historias para ayudar a organizar el primer Día de la Tierra a principios de los setenta y otras batallas ecológicas. Eso era lo que teníamos en común: él alguna vez había sido un joven organizador de base en temas ambientales, también. Y ahora estaba aplicando esas experiencias organizativas en las políticas electorales mientras yo aprendía sobre campañas electorales para aplicarlas en la organización de base.


Kerry, con el Senador Ted Kennedy, organizando por el fin de la guerra.
Un día en un viaje hacia el oeste de Massachusetts, acompañé a Kerry a su casa en Newton, en las afueras de Boston, donde jugaban sus dos hijas pequeñas. Cuando nos dirigimos al coche, le dije: “Me pregunto cómo va a ser para ellas crecer en la Casa Blanca.” Había comprado la visión general de Charles F. McCarthy, y había tenido éxito en compartir esa visión con los delegados a los que no les importaba el cargo del vicegobernador. Les decía que si elegían a Kerry ahora, luego sería gobernador o senador ¡o incluso presidente de los EEUU! Esto sirvió con muchas personas, ya que la política electoral está llena de personas que viven indirectamente a través de candidatos y se imaginan a sí mismos subiendo la escalera con ellos. Kerry me dio la mirada más incómoda como respuesta a mi comentario de la Casa Blanca, y cambió el tema.

Una vez por semana viajé a Boston para las reuniones de campaña. El consultor político Mike Ventresca (quien lamentablemente murió unos años más tarde en un accidente automovilístico) comenzó a asistir a las reuniones, también – él sería el encargado de las convenciones- y me daba instrucciones sobre cómo hacer mi trabajo. “No te preocupes,” respondí descaradamente. “Tengo todo bajo control. John ganará el oeste de Massachussetts. ¡Necesitas preocuparte por el resto del estado!”

Cuando no estaba en las reuniones de campaña, Charles F. me llevaría (yo no tenía auto ni licencia de conducir) a visitar a los líderes del partido que conocía, y por lo general bebía con ellos y trataba de que apoyaran a Kerry. El jefe político de Pittsfield, Remo del Gallo, tenía un bar, y los delegados de su barrio, trabajadores de la planta local de General Electric, eran clientes regulares. Algunos de ellos habían leído sobre mi organización en la campaña antinuclear de Berkshire Eagle, y se divertían mucho diciéndome que la planta nuclear significaba trabajo para ellos. Se reían mientras trataba de cambiar el tema.

Charles F. también me presentó a un miembro de los Jóvenes Demócratas, Jim Shaer de Agawam, y a un tipo del condado de Worcester llamado Bill Bradley, quien había trabajado en las campañas al Senado de Paul Tsongas (Tsongas era el político favorito de Charles F., y Tsongas era mi enemigo jurado por su apoyo a la energía nuclear.) Dos años después Shaer y Bradley se unirían al equipo de Kerry cuando compitió por un banco en el Senado de los EEUU y luego trabajarían como personal de su equipo del Senado. En la campaña de Kerry aprendí muchas tácticas, mediante prueba y error, de sublimar mi propia persona pública -había habido mucha cobertura regional sobre mi organización antinuclear- de lo que era, después de todo, la campaña política de alguien más.

Uno de los personajes más interesantes que conocí durante esos meses fue un empresario y abogado de Springfield, Anthony Ravosa, un político conservador conocido por haber piloteado un avión con un cartel a favor de la guerra sobre una ceremonia de graduación en la Universidad de Massachusetts durante el pico de las protestas contra la guerra de Vietnam en el campus. Con Ravosa resaltaba el papel decorativo de Kerry en Vietnam y hablábamos mucho de cocina italiana. Él se unió a la campaña. La oficina de Ravosa estaba en un antiguo cine de la plaza Court, frente al Centro Cívico de Springfield, donde se celebraría la convención del partido en mayo. En la convención, la marquesina del cine saludaba a los delegados: “La familia Ravosa le de la bienvenida al teniente John Kerry a Springfield.” Ravosa y yo éramos compañeros raros, él era conservador y yo era un organizador que había estado preso 21 veces por desobediencia civil en instalaciones nucleares- y nuestra alianza parecía extraña a los demás. Pero eso es exactamente lo que implica la organización: juntar personas que de otra forma se odiarían por sus diferencias para que trabajan por una causa común. Una década después, cuando era un reportero novato en el periódico Valley Advocate de Springfield, Ravosa se convertiría en uno de mis más fieros aliados en derrotar al corrupto fiscal de distrito Matty Ryan.

Muchos de los amigos y contactos que hice al trabajar con Kerry serían de mucha ayuda en los siguientes años en mi trabajo organizativo, e incluso después, trabajando como periodista. El veterano de Vietnam Mitch Ogulewicz se convertiría en el concejal de la ciudad de Springfield. El activista ambiental de Berkshire Chris Hodgkins se convertiría en diputado estatal y después candidato a diputado nacional. Al abogado de Worcester Macey Goldman que había crecido conociendo a Abbie Hoffman, lo vi años después en el funeral de Abbie en el Templo Emmanuel. El representante estatal de Greenfield, Bill Benson, y su esposa, Karen, me dieron un cuarto para vivir, y Benson por mucho tiempo me dejó utilizar su oficina en el congreso estatal para hacer organización antinuclear. Sin saber que había una ley que nos prohibía utilizar oficinas estatales para campañas electorales, yo iba a la oficina de Benson en Beacon Hill para hacer llamadas a los delegados, hasta que un asistente del legislador republicano me explicó que no podía hacerlo. Durante un acto de campaña, el Senador Sam Rotondi, uno de los rivales de Kerry, me amenazó diciendo que había roto la ley al hacer esos llamados y me juró que iba a ser procesado por ello, cosa que nunca pasó. Todo ello me estaba bautizando con fuego en el rudo mundo de la política de Massachusetts, un nido de víboras lleno de rivalidades y rencores personales.

Cuando llegó la Convención, hubo un sinfín de fiestas con barra libre y comida gratis para los delegados. Peter Yarrow, del grupo de folk Peter, Paul y Mary, vino a Springfield y tocó en la fiesta de Kerry (se habían hecho amigos durante el movimiento contra la guerra). Kerry, un político no convencional que cargaba con la culpa de ser muy ambicioso luego de su fracasada campaña al Congreso de 1972, estaba atrapado entre dos conservadores legisladores estatales ítalo americanos, Sam Rotondi y Lou Nickinello (los muchachos de Remo del Gallo votarían por uno de ellos en la primer boleta y por el otro en la segunda, algo que estaba permitido), quienes tenían el apoyo más importante de los delegados de King, y dos mujeres liberales, la diputada estatal Lois Pines y el ex secretario de medio ambiente del gobierno de Dukakis, Evelyn Murphy, quienes tenían gran apoyo de los delegados de Dukakis. Kerry nunca había tenido un cargo de elección popular (a pesar de que antes había sido designado fiscal de distrito asistente en el condado de Middlesex). Sin embargo, algunos candidatos incluso tenían menos apoyo que Kerry, incluyendo al extravagante concejal de Boston, Freddie Langone.

A pesar de sus desventajas entre los miembros del partido, Kerry tenía el nombre más reconocido entre los votantes, debido a su trabajo de organización contra la guerra, su campaña al congreso, su trabajo como fiscal, y sus apariciones regulares como comentarista político en la televisión de Boston. Estaba al frente en las encuestas, pero lograr que tuviera el 15 por ciento de los votos de los delegados parecía difícil. Muchos activistas de temas particulares se hicieron delegados para hacer que sus temas estuvieran en las plataformas del partido, desde temas ambientales, derechos de la mujer hasta temas sindicales. Esa gente quería saber la postura de Kerry sobre sus problemas. Algunos me decían “si estaba tan en contra de la guerra de Vietnam ¿por qué fue y peleó?” Mientras los demócratas más conservadores que por el contrario les hubiera atraído la historia de Kerry como héroe de guerra, le reprocharon su organización contra la guerra. Los políticos que apoyaban a King y a Dukakis estaban más a favor de los tres candidatos que estaban en la legislatura estatal: con ellos podían cambiar votos y favores. Y los acólitos de Dukakis tendían a apoyar a Evelyn Murphy, ya que, después de todo, había sido una de ellos. Pero Kerry, abogado en la práctica privada, no tenía nada de poder institucional.

Cada candidato tenía unos minutos para inscribir su nombre en la nominación y para dar unas palabras que convencieran a los delegados. Todavía habían algunos delegados indecisos, después de todo, ¿a quién le importaba el vicegobernador? Era un cargo sin prácticamente nada de poder institucional. El discurso de Kerry evitó por poco el desastre. Había llevado una cinta de Vietnam que había sido grabada durante un tiroteo en el delta del Mekong. El plan era que esos horribles sonidos de disparos precedieran su discurso, lo que algunos vieron como una manera de subrayar su experiencia de héroe de guerra. Un día antes, yo había estado en el salón durante los ensayos, ¡y esa cinta sólo sirvió para que me quisiera esconder debajo de una silla! Por suerte la cordura se impuso, y el plan de poner la cinta se abandonó a última hora. Pero no existía ningún Plan B, y Kerry fue simplemente presentado por el fiscal de distrito del condado de Norfolk, Bill Delahunt, un veterano de Vietnam que después sería diputado nacional.

La operación de Evelyn Murphy en la convención fue llevada a cabo por dos hermanos, John y Rick Rendon, que habían urdido un plan de batalla superior: sus jefes de piso en cada una de las 40 delegaciones distritales del senado tenía auriculares y walkie talkies. Mientras la campaña de Kerry utilizaba su experiencia militar, ¡la campaña de Murphy parecía y se sentía como un ejército real! Bajaron las luces del salón, y el discurso de Murphy fue precedido por un show de luces audiovisual y un pequeño documental sobre ella, una introducción nada suave para un político. Subió al escenario con la música de Chariots of Fire. Los delegados estaban asombrados, y Murphy se llevó el día.

Cuando llegó el momento de votar al vicegobernador en la convención, sólo había cuatro candidatos calificados para la primera elección: Murphy llevaba la delantera, y muchos delegados dijeron que era momento de que una mujer tuviera un cargo a nivele estatal. A Murphy la seguía Rotondi, luego Nickinello y por último Kerry, excediendo el 15 por ciento requerido por sólo 14 votos. La mitad de esos votos provenía de “mi territorio”. Michael Ventresca, el administrador de la convención del equipo de Kerry, llegó corriendo hacía mí. “Cuando me dijiste que te dejara sólo y que tenías todo bajo control pensé que eras un cabrón arrogante,” dijo. “Pero hiciste exactamente lo que dijiste que ibas a hacer.” Los operadores de las campañas rivales me odiaban por eso, y yo disfrutaba su odio. Mucha gente aparentemente no pensaba que Kerry obtendría su 15 por ciento.


Luego de ganar las primarias demócratas a vicegobernador de Massachusetts en 1982, Kerry, de 38 años, formó parte de la fórmula con Michael Dukakis (derecha). Aquí con Ted Kennedy (centro).
Lois Pines no llegó al 15 por ciento por unos 20 votos, pero tuvo una segunda oportunidad para calificar (habría múltiples rondas de votación hasta que un candidato obtuviera al menos el 50 por ciento para obtener el apoyo de la convención del partido, un gesto simbólico, pero que proporcionaría un momento de visibilidad para el candidato.) Yo y otros partidarios de Kerry fuimos con Macey Goldman, cuya delegación de Worcester tenía muchos miembros judíos. Pines era judía, pero Goldman había logrado que muchos de esos delegados votaran por Kerry en la primera elección. Y este sería mi primer acto de las políticas maquiavélicas. Una pequeña delegación de partidarios de Kerry que ayudé a organizar le sugirió a Goldman que sería ventajoso para Kerry tener dos mujeres en la votación, en lugar de tener sólo a Evelyn Murphy para atraer al grupo de votantes que querían una mujer en la oficina estatal. Goldman lo aprovechó y se dirigió a otros delegados, en su mayoría judíos, diciendo que sería una lástima que el único candidato judío fuera excluido. En la siguiente ronda de votaciones, más de 20 delegados de Kerry, en su mayoría del condado de Worcester, cambiaron su voto por Pines, logrando que entrara en la votación.

El operador de Murphy, Rick Rendon, estaba furioso conmigo, y me encantó. Michael Whouley me dijo que deberíamos formar una empresa de consultoría política y ofreció poner mi nombre primero: Giordano & Whouley Asociados (yo me fui en otra dirección, pero el importante talento de Whouley lo llevaría a ser el director nacional de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992 y de Al Gore en el 2000). Políticos como Remo del Gallo palmeaban mi espalda y me hacían bromas: “No creí que un zurrido como tu se jodería a un rival con tanta saña.” Haciendo guiños negaba saber de lo que hablaban, pero en los círculos operativos políticos de pronto mi nombre era conocido. A los 22 años, me había convertido en un actor en la política de Massachusetts.

Ese momento sería recordado 22 años después, cuando Kerry se convirtió en el candidato demócrata a la presidencia. The Boston Globe, en una retrospectiva sobre el ascenso político de Kerry, recordó la convención de 1982:

Debido a su controversial pasado y su reciente temporada como comentarista en WCVB-TV (Canal 5), Kerry logró un mayor reconocimiento que sus oponentes. Pero él no era el favorito de los burócratas del partido. En las siete horas que tomaron cinco votaciones, Kerry apenas pudo calificar para las votaciones de septiembre al obtener un 15 por ciento de los votos de los delegados.

Pero sus tropas hábilmente maniobraron a sus delegados para ayudar a otro candidato, la ex legisladora estatal, Lois Pines, alcanzó ese umbral en la segunda votación. Eso significaba que Kerry se enfrentaría en las primarias a dos mujeres activistas, Pines y la ex secretaria de medio ambiente Evelyn Murphy, la ganadora final de la convención, y a dos legisladores estatales, el Senador Samuel Rotondi y el diputado Luis R. Nickinello.

Pero cuando era candidato a vicegobernador, la campaña de Kerry utilizó todos sus recursos en la batalla de la convención, y en las semanas después no había dinero para pagar al personal, ni siquiera mi cheque de cincuenta dólares. También había problemas para juntar las firmas necesarias de los votantes para calificar a la elección, y mi trabajo se convirtió en pasar días en la calle Boylston juntándolas. Siempre he tenido aversión en hacer la misma cosa dos veces, y ya había pasado el otoño anterior recolectando firmas de votantes para el referendo antinuclear.

Fue casi al mismo tiempo que los activistas del área de Boston del referendo antinuclear, aquellos que me habían desplazado groseramente, se pusieron en contacto de nuevo: un joven operador político los había convencido de invertir todos los fondos de la campaña por el referendo en un concierto a beneficio, que se celebró al aire libre un día de lluvia. En el proceso, la organización se había roto. Peor aún el mismo tipo estaba presionando al grupo de apostar por otro concierto de rock, y parecía que no estaban dispuestos a aguantarlo. Me pidieron que volviera a ser el administrador de la campaña, y me ofrecieron 250 dólares a la semana.

Tomé ese trabajo, con un considerable aumento de sueldo, y llevé conmigo la periodista independiente Leslie Desmond como secretaria de prensa. Leslie había sido mi “novia de clóset” por un año, reportando sobre el movimiento antinuclear para el Berkshire Eagle y otras publicaciones, así que tuvimos que mantener nuestra relación como secreta porque hubiera sido considerada un conflicto de intereses por algunos en su negocio. Leslie era cinco años mayor, con un agudo sentido del humor y mucha calle. Cuando Charles F. y yo íbamos a las asambleas del condado de Berkshire, Leslie aparecía, pretendíamos que no nos conocíamos y luego reportaría la nota para el diario Eagle y otras publicaciones semanales. Ella y Charles F. me llamaban “Roto”, luego de que un tipo a favor de la energía nuclear que frecuentemente escribía cartas al editor me denunciara como “Rodomontador.” Nadie sabía que significaba, pero luego supimos que venía de Rodomonte, un personaje arrogante de una novela italiana del siglo XVII. Bueno, ahí me ganó. Todos tenemos debilidades, pero el truco de la vida es venderlas como fortalezas. “No eres más que un ‘Roto-matador,” le gustaba decir a Charles F, cambiando intencionalmente la palabra, y “Roto” se convirtió en el apodo con el que Leslie me llamaba a solas. Estaba feliz de ser “Roto.”

A pesar de que había dejado el personal de Kerry, me mantuvo en contacto con la campaña, que después de la convención había traído al operador político de Brookline Ron Rosenblith como director político y administrador de facto de la campaña. Durante el verano y otoño, Rosenblith me ayudó a navegar en las aguas de los medios políticos estatales con mi nuevo cargo como administrador estatal de la campaña para el referendo de noviembre.


Al Giordano, organizador antinuclear en 1981. D.R. 1981 Bob Laramie, The Greenfield Recorder.
Cuando la noche de las primarias finalmente llegó, fui a las oficinas de Kerry, y Rosenblith me llevó al “cuarto de guerra,” donde estaban los totales de los votos que llegaban a ser contados. Esa noche me hice adicto de la matemática política (algo que en el siguiente siglo me llevaría a la afición de predecir resultados electorales, lo que me dio el beneficio de traer nuevos lectores a mis escritos y reportajes). Los resultados parciales llegaban de un pueblo o del barrio de una ciudad, y Rosentblith, Ventresca, Whouley y Jack Weeks (al que la gente veía como el mago estadista del grupo) extrapolaban el probable final total en el área con dichos resultados. Yo estaba fascinado por la idea que se podría proyectar un resultado final en base a conteos parciales. Hubo un cerrado final entre Kerry y Evelyn Murphy, que desde su victoria en la convención había logrado reconocimiento y apoyo. Kerry ganó por sólo 40,000 votos, y solamente hasta las tres de la madrugada. Desde entonces, siempre daré crédito a esa experiencia en el cuarto de guerra por haberme dado el interés. En ese momento parecía como lo más divertido que había visto.

En noviembre, la fórmula Dukakis-Kerry fue fácilmente electa, y nuestro referendo triunfó sobre una industria increíblemente cara (otra historia que contar). Con el fin de las campañas, me encontré con Rosenblith, y me ofreció un trabajo que empezaría en enero con la organización política de Kerry. Quería enseñarme a recaudar fondos políticos y algo que llamaba el “modelo de donativo activista.”

Pero Abbie Hoffman le ganó -el día de Nochebuena Abbie me convenció para cruzar el río Delaware con él para organizar una campaña popular en contra de una estación de bombeo de agua en Point Pleasant, Pennsylvania. Me quedé en Bucks County, Pennsylvania, durante la primavera, donde ganamos el referendo en contra de la Compañía Eléctrica de Philadelphia, el principal promotor de la estación de bombeo, y esa, también, es otra historia de organización para otro día.

Siguiente en la serie: la campaña de Kerry al senado de 1984 y la estrategia llamada “tema y mensaje.”

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