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Una marea con los Cucapás rebeldes

La pesca de la curvina golfina, de las redes al coyote


Por Murielle Coppin
Especial para The Narco News Bulletin

23 de junio 2007


D.R. 2007 Murielle Coppin
Son las 6.30 de la mañana. El ardor del sol calienta las tiendas de campaña de los campamentistas a tal grado que no queda de otra que levantarse. Unos campamentistas se dirigen a la enramada de la CNI (Congreso Nacional Indígena) que está equipada de una cocina para prepararse el desayuno de “polvos” mezclando puros productos instantáneos resistentes al calor y donados por diferentes asociaciones de apoyo. Otros se dirigen a la casa de Susana y Franscisco, una familia Cucapá adherente a La Otra, para ver qué chamba hay o simplemente para darse el tiempo de platicar y convivir con ellos. Cuando hay marea y los Cucapas van a pescar, los campamentistas se dividen en dos grupos : los compas de la Brigada Comunista Sergio Almaguer Cosío se suben a la camioneta para dirigirse al ejido mestizo Indiviso y luego al campamento pesquero de la Sociedad Cooperativa Pueblo Indígena Cucapá, los demás campamentistas van casi siempre con Susana y Franscisco y sus hijos, miembros de la Sociedad de Producción Rural Juañak Jah Kajuath. La reportera fue con ambos grupos y vio las grandes diferencias en el modo de pescar.

Un día de pesca

Ya son las nueve cuando las camionetas desvalijadas se ponen en marcha para dejar la comunidad indígena Cucapá El Mayor. Son unos diez campamentistas los que se animan a apoyar a los pescadores cucapá de El Mayor en su día de pesca. Durante un cuarto de hora, siguen un tramo de la carretera que va a Ensenada para luego continuar casi una hora en medio del desierto donde ya no se ve nada, aparte de unos espejismos. Luego, en medio de la nada sin ningún tipo de vegetación y detrás de unas vastas llanuras blancas (la sal es lo único que queda de La Laguna Salada donde antes iban a pescar los Cucapás), de repente se distingue una gran avenida de aguas barrosas. Cubiertos de polvo – las camionetas y los campamentistas que van detrás en la pick up- llegan al campamento pesquero de la Sociedad de Producción Rural Juañak Jah Kajuath, organizada con la ayuda de los compañeros de la Transfronteriza.


D.R. 2007 Murielle Coppin
En el Zanjón (el núcleo de la ANP, área de protección natural) cuatro pangas esperan para el día de pesca, pero dos de ellos no están en condiciones para ser usadas. Los campamentistas se dividen. Sólo cuatro – entre ellos el fotógrafo – pueden subir a las pangas. A mediodía, después de esperar dos horas, la marea ha subido lo bastante para introducir las pangas al agua. “Godines” (apodo de Fransisco Ceceña) se alisa el bigote. Una gran sonrisa se desprende en su cara : “Ven el agua revuelta? Allá hay pescado.” Llama al fotógrafo a meterse a la panga, junto con su esposa, Susana, sus dos hijos, el Cuca y el Güero, y un eco-etnólogo que viene a tomar medidas para estudiar la dinámica de la población de la curvina golfina.

Poco a poco los pescadores desaparecen del horizonte. A los demás campamentistas –entre ellos la reportera-, les toca quedarse a orillas a matar el tiempo vigilando, platicando y siesteando. Los niños Cucapá se divierten pescando cangrejos. El día parece eterno y el sol se pone cada vez más caliente. La única sombra que hay, es la de las camionetas y con el agua que llevamos nos hacemos té de manzanilla.

Unas tres horas más tarde, se distingue una sombra a lo lejos. “Ya vienen de regreso”, gritan los niños. Los campamentistas se acercan a la orilla. ¿Habrán pescado lo bastante para recuperar los días de ayer y anteayer en que hubo puros gastos de gasolina y nada de pescado? Todo el público se relaja : sí hay pescado. La barca alcanza la tierra, deja el pescado y se aleja de nuevo. Otra vez de regreso, los pescadores hambrientos se devoran los tacos de huevo y hacen a la vista el cálculo de una tonelada de pescado. “No es mucho ni poco”, comentan. Entre tanto el sol casi desaparece del horizonte. Es hora de tomar la ruta de regreso.


D.R. 2007 Marc Abonnat
Al llegar a la comunidad El Mayor, el día laboral no se termina. Falta lavar, destripar, filetear y –lo más difícil- vender el pescado. No obstante, hoy tienen suerte. Vino un compañero de la Otra Ensenada a comprarles todo el pescado a precio justo, es decir a precio de menudeo, del mercado. Venden luego directamente a unos restaurantes en Ensenada, sin que haya un intermediario que se haga rico. Les compra el pescado entero a 30 pesos el kilo y el filete a 50 pesos el kilo (para 1 kilo de filetes se necesitan 3 kilos de pescado). Como hoy fue un día relativamente bueno, les dio unos 13.000 pesos, de los cuales hay que descontar, unos 600 pesos de gasolina, más 200 por el hielo.

Ya entrada la noche, unos campamentistas, por razones de seguridad, acompañan al compañero hasta pasar el retén militar. Dado que los pescadores de El Mayor no tienen permiso de pesca, el comprador adherente se lleva una tonelada de pescado sin factura. Justamente por eso muchos compradores interesados no les quieren comprar pescado a los pescadores de El Mayor. Sin embargo, otros se aprovechan de esta situación. Sabiendo que sin ellos, tendrán que botar el pescado, se los compran a un precio muy bajo (8 pesos por kilo). Gracias a otros adherentes solidarios de La Otra, ahora disponen de una hielera que les permite guardar el pescado en caso de que no haya (buen) comprador.

Otro día de pesca con otra cooperativa


D.R. 2007 Murielle Coppin
A las siete de la mañana, la camioneta roja de los campamentistas de la brigada comunista sale del campamento para emprender un viaje de una hora hasta el ejido El Indiviso, donde vive la mayoría de los pescadores de la Sociedad Cooperativa Pueblo Indígena Cucapá. En el camino, pasamos por vastos campos de cultivo, irrigado por las pocas aguas que le quedan al río Colorado, al pasar la frontera mexicana . Dejando el ejido, el cemento se transforma en pura arena hasta llegar al campamento pesquero, una hora más tarde. En contraste con el día de ayer, se destaca una gran actividad. Unas pangas se van, otras regresan. Unas trocas cargadas de pescado se van, otras ya vendieron y regresan. Se escuchan gritos, gritos de niños haciendo galletas de chocolate con el lodo, gritos de mujeres Cucapás dándoles consignas a los trabajadores. Se ven montañas de curvinas recién pescadas que esperan los cuchillos para ser destripadas. Se ven baños de sangre donde se lavan las curvinas para alistarlas. Se ven las caras de los pescadores, cansados por el duro trabajo, pero contentos por el pescado de hoy. Se huelen las tripas y se huelen los tacos de pescado empanizado.

Este campamento pesquero, tal como el otro, se encuentra en el Zanjón. Ambos se ven amenazados y hostigados por parte de varias instancias del gobierno ( la marina, la Profepa, etc.) por pescar donde lo tienen prohibido desde el año 1992 (año en que se declaró APN sin considerar a los pueblos indígenas que siempre han vivido y trabajado en esta área). Ambos se dicen Cucapás. La gran diferencia reside en la manera de pescar. Mientras que la Sociedad de Producción Rural Juañak Jah Kajuath sólo dispone de 2 pangas activas y ningún permiso, la sociedad de El Indiviso dispone de 32 pangas activas y permisos vigentes de pesca a nombre de pescadores Cucapás.


D.R. 2007 Marc Abonnat
El permiso que tienen sólo es para la zona de amortiguamiento que se encuentra en mar abierto. No obstante pescan en el Zanjón, el núcleo de la APN donde tienen estrictamente prohibido pescar, y eso por varias razones. Primero, el Zanjón y la delta del Río Colorado es el lugar donde siempre han pescado y que pertenece además a sus tierras ancestrales. Segundo, no tienen el equipo adecuado para pescar en mar abierto. Tercero, les queda muy lejos del lugar donde viven y no se pueden permitir estos gastos de gasolina.

Después de unos ricos tacos de pescado, invitan a la reportera a subir a una panga. Le toca ir con tres pescadores (de los cuales sólo uno es Cucapá, los otros dos son conocidos de la mujer Cucapá quien posee el permiso de la panga). Hoy es buen día. No hace falta ir lejos para encontrar el pescado. Los leves oleajes traicionan la presencia de un conjunto de curvinas. Uno de los pescadores se agacha, los oídos pegados a un orificio de la panga, y exclama : “Ya llegaron”. Rápido los chinchorros se avientan, para estar recogidos después de menos de media hora. Al ver las redes llenas de pescado, los pescadores comparten el mismo júbilo y se animan ante la perspectiva de compensar los dos días anteriores. Cuánto más pescado, más dinero ganan.


D.R. 2007 Murielle Coppin
No somos los únicos en pescar en la zona prohibida. Aparte de los muchos compañeros Cucapás, se destaca la presencia de buen número de pescadores del Golfo (de San Felipe y Santa Clara) que no tienen ninguna justificación para pescar aquí. Hace falta aventar los chinchorros dos veces más para llenar la panga. De vuelta al campamento, los pescadores descargan la panga y retoman la búsqueda de la curvina. En tierra firme, otros pescadores empiezan a limpiar y destripar el pescado. Como hay mucha curvina hoy, la labor continúa hasta la noche.

Imelda, una joven mujer cucapá, y su grupo de pescadores deciden continuar la chamba toda la noche : “Tenemos que aprovechar de que hay mucho pescado. Después de ésta, nos queda una sola marea y tenemos que alcanzar para todo el año. Si no, nos tocará ir a trabajar en las maquilas o los cultivos.” Invitan a la reportera a quedarse con ellos.

A las diez y media salimos, Imelda y la reportera, al ejido Indiviso para ir a vender. En el camino pasamos a cuatro trocas averiadas y unas cuantas otras se encuentran estancadas en la arena. “éstas camionetas no pueden con estos caminos de tierra”, explica Imelda “siempre batallamos mucho”. En el camino cuenta de los hostigamientos que sufrieron los años pasados y de cómo se defendieron. “Una vez” , dice, “le apuntaron con un arma en la barriga a una compañera embarazada”. “Gracias al Subcomandante Marcos y a todos ustedes podemos pescar tranquilamente.”

De repente, en una desviación en medio del desierto – y en medio de la noche- nos para una patrulla de militares. Imelda no se preocupa : “ellos están por lo de la guerra contra el narco, a nosotros, los pescadores, nos dejan en paz.”. Después de checar unos papeles, nos dejan continuar la ruta.


D.R. 2007 Murielle Coppin
Ya es medianoche cuando llegamos al ejido Indiviso donde se encuentra el trailer enorme del único comprador. Unas siete trocas están formadas para vaciar el pescado. Las mujeres Cucapás matan el sueño tomando café. Unas duermen en sus trocas, agotadas por el duro trabajo. Destaca la presencia omnipresente de las mujeres en toda la actividad pesquera. Son ellas las que estaban a la orilla dando órdenes, haciendo cálculos del peso y son ellas quienes están vendiendo el pescado en el Indiviso. A mi pregunta de que si aquí son las mujeres quienes mandan, un joven pescador responde irónicamente : “No, es el dinero quien manda.” De hecho, son ellas las únicas Cucapás que obtuvieron permiso de pescar y por lo tanto facturas para dar. Son ellas las que reciben el dinero del comprador.

Después de esperar cinco horas, le toca finalmente a Imelda. Le entrega 1.148 kilos al comprador. Con los 978 kilos que ya había vendido por la tarde, es un total de 2.126 kilos en este día exitoso. Con el precio de 8 pesos el kilo, le dan 17.008 pesos. De eso hay que quitar el pago a los trabajadores. El que maneja la panga, recibe 1 peso el kilo. En total, ganó 2.126. Los pescadores, reciben medio peso el kilo. Ganaron 1068. Los que limpiaron y destriparon, reciben 30 centavos el kilo. Ganaron 638. A Imelda le quedan 10.843 pesos, de los cuales hay que descontar todavía los gastos de gasolina de las trocas y de las pangas.

Además, no todos los días son así. Ayer y anteayer no hubo casi nada de pescado. Otra consideración que se debe tomar en cuenta, es que la temporada de pesca es de 3 o 4 meses, con una sola marea por semana. El que sí se hizo rico hoy, es el intermediario que llenó en un solo día dos traileres de 8 toneladas, más uno chiquito de 3 toneladas, comprando a 8 pesos el kilo y vendiéndolo a 50 pesos el kilo.

Ya son las 5:30 de la madrugada. Después de Imelda siguen 3 trocas más. El día de pesca es interminable. Los pecadores, hombres y mujeres, duermen sólo a ratos.

Dos campamentos pesqueros Cucapás, dos maneras de trabajo diferentes, pero con las mismas ganancias al terminar un buen día de pesca. Uno sin legalidad ninguna, pero contando con el respaldo de compañeros adherentes de la Otra Campaña, para la venta del pescado a precio justo. Otro con permisos y facturas, mucho más organizados pero totalmente a la merced del único coyote que se hace rico con el duro labor de los pescadores. Los dos grupos se ven amenazados por las instancias gubernamentales durante su actividad pesquera, su tradicional base de sustento económico. Los dos grupos reciben el apoyo de los campamentistas para poder realizar su trabajo sin problemas. Los dos grupos ven que la Comisión Sexta cumple con su palabra : Proteger a los Cucapás contra el mal gobierno, que lleva años amenazando su actividad pesquera.

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