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 English | Español November 22, 2017 | Issue #43


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¿México Bravo? ¿Río Bárbaro?

Crónica de un bus y un Sub. Bus postmoderno en acompañamiento de un Subcomandante en el recorrido de La Otra Campaña por el territorio mexicano


Por Rodrigo Ibarra
Columna “El Rocinante de Troya” No. 3

27 de noviembre 2006

Un paisaje como una hoja en blanco. Entre Matamoros y el delta del Río Bravo parece no haber más que un desierto de pardos matorrales perdidos en la humeante bruma de horizonte levantada por el sol. Los pasajeros del Rocinante de Troya, como he bautizado a nuestro bus, comenzábamos a adormilarnos con el ronroneo de la máquina en la prolongada y monótona recta. De pronto, como espejismo en medio de la desolación, desfiló en sentido contrario a nosotros una gran procesión fúnebre: Hummers, Porsches, Cheyennes, Lobos, Suburbans. Un centenar de vehículos de llantas anchas y vidrios polarizados 4×4, harto ostentosos.

México Bárbaro


Fotos: D.R. 2006 Rodrigo Ibarra
“México Bárbaro” tituló John Keneth Turner al libro con que indignado denunció la existencia del esclavismo en pleno siglo XX. No pocos negaban crédito a Turner. Eran los albores del siglo del progreso, del ferrocarril, de la electricidad, del telégrafo, del automóvil. México era una nación nueva, hermanada al glamour de Europa, conducida por un héroe de la intervención, Porfirio Díaz, que la guiaba sobre los rieles del liberalismo.

La actual paradoja del anuncio de nuestro arribo a la democracia resulta aún más ridícula e indignante. Aún más absurdo que el de hace un siglo es hoy el esclavismo en México. Échese a la uña el trompo de Playa Bagdad, en el confín nororiental de la frontera impuesta, en los márgenes del putrefacto y pantanoso delta del Río Bravo.

El Caballo pasea

Como a las cuatro de la tarde se abren las puertas de las chozas de madera en Playa Bagdad. De Alejandro y Alicia Gómez Barrios son todas y cada una de las centenas de casuchas. (¿Qué patrón le presta casa a cada uno de sus trabajadores?) Los pescadores suben las redes, los aperos y los grandes bidones llenos de gasolina al medio centenar de lanchas. Por la playa se pasea El Caballo.

Las lanchas, las redes y los aperos, los equipos, son todos y cada uno propiedad de Alejandro y Alicia. La gasolina no. Esa la compran los pescadores. (¿Qué patrón le presta lancha, red y aperos a cada uno de sus trabajadores?) Los pescadores salen al mar. Tiran las redes. Las recogen. Sacan el pescado que se atora en ellas. Cazón, huachinango, pargo, pez de escama. Tiran de nuevo. Las redes se hunden con el peso de las plegarias y la esperanza de sacar más kilos de pescado que los litros de gasolina consumidos para ir y venir a alta mar. Muchas veces no es así. Tiran otra vez y recogen. Tiran y recogen. Regresan de madrugada. El pescado se lleva a la bodega y se pesa. En la libreta del patrón se anotan los kilos y las calidades del producto. Por la bodega se pasea El Caballo.

El pescador regresa a su casa a oscuras. Entra a oscuras. En el pueblo, desde hace años, sólo hay postes pelones. En las casas nunca ha habido electricidad. Tampoco hay escuela, ni hospital, ni iglesia. Por el pueblo, a oscuras, se pasea El Caballo.


La alborada abre la vereda a la playa. Salen las mujeres y las hijas a sacar lo del día. Unas arreglan las redes, otras afilan el cuchillo para limpiar el pescado, para marabayar el pescado, se dice. Hay que apurarse para marabayar unos cuatro kilos en un día. Diez pesos les paga el patrón por cada kilo de pescado limpio.

Los niños a la tienda. Hay más de una tienda en Playa Bagdad. Pero sólo en una les sueltan el huevo ($1 la pieza), el azúcar ($20 el kilo) el aceite ($8 el medio litro) a cambio de un vale. Los pescadores rayan hasta el sábado así que la elección de a cuál tienda ir es simple: a la tienda grande, la de doña Alicia. (¿Qué patrón les pone tienda y les fía los alimentos a sus trabajadores?)

Cada semana llega el día de raya. Se hacen cuentas. A 5 y a 10 pesos el kilo de pescado. A 20 o 30 el de huachinango. Se multiplica, se suma. Luego se resta. “Debías tresmil quinientos la semana pasada, más nuevecientos y pico de ésta. Le apuntamos mil, ¿’ta bien? y aquí tienes quinientos pesotes pa’ que gastes. –Écheme siquiera los nuevecientos pa’ salirle a la semana patrón. Con quinientos ya ve que no la libro. –Ah que mi cabroncito. Ten pues pero mira que no le bajas nada a la cuenta.”

Por afuerita de la tienda se pasea El Caballo.

No vale nada la vida

Hace unos meses Juan García Guerrero se ahogó en el mar, pescando, luego de cinco años de trabajar para el patrón Alejandro Gómez. Dejó huérfanos a dos niñas, de 9 y 8 años, y a un niño de 3 años. “Cuando se ahogó mi yerno, el patrón dijo ‘ya se puede morir otro’. Nos lo dijo clarito que vale más su equipo (la lancha, redes y aperos) que el muerto”. El patrón pagó la caja y el funeral. Alrededor de 8 mil pesos. El equipo vale cerca de 20 mil. La viuda del pescador reclamó una indemnización para sus hijos. El muertito debía en la tienda como tres mil pesos. Cuando lo tenían tendido en la caja inventaron que debía más de veinte mil, más sesenta pesos de los refrescos que sacó de la tienda el último día de pesca. La viuda insistió y entró en pláticas con un abogado para exigir su derecho a una indemnización. El patrón le pagó expulsándola de Playa Bagdad. Ese día los hombres de Gómez Barrios sacaron al arroyo de la arenosa calle todas las pertenencias de la familia de la casa que, al fin y al cabo, es propiedad del patrón. Los niños ahora viven con la abuela. “La mamá, mi’hija, viene cada ocho días. Gana poco. Trabaja en un restaurant. Manda cositas y dinero para sus hijos pero no alcanza”. No existe el seguro social. Les dicen que lo tienen pero nadie está asegurado.

El miedo a caballo

El 23 de noviembre, día de la visita de La Otra Campaña a Playa Bagdad, ninguno de los pescadores se atrevió a tomar el micrófono para denunciar su terrible situación. Alejandro Gómez, el patrón, se encontraba ahí mismo dentro de la bodega y doña Alicia, la patrona, en una casa justo al lado del restaurante que sirvió como templete para el encuentro. También El Caballo. Es un hombre alto que porta una 45. Se dice que es un hombre de la mafia, del narco. Es el encargado de cuidar la playa. “Él es el que tablea. Llegan por uno y se lo llevan. Le ponen un trapo que le tapa la cara y le bajan a uno los pantalones. Agarran una tabla así de grande (el informante, anónimo, abre las manos un metro aproximadamente) que tiene una agarradera y con esa le dan hasta que le revienta la piel. –¿Y porqué no lo denuncian a la policía? –Él es un dios. Nos tienen abajo a nosotros. Tienen comprada a la policía, a los federales, a la marina. Hasta al patrón lo tienen con un pie en la cabeza”. En Playa Bagdad la “justicia” es expedita. A voluntad del patrón El Caballo aplica mano dura, dura como una tabla.

Cadenas de sal

Como le dirían a Keneth Turner los finqueros del henequén el siglo pasado, seguro Alejandro Gómez Barrios estaría en desacuerdo en la caracterización que aquí hago de su relación laboral con los pescadores. “Aquí nadie está a güevo”, les dice a los compañeros. “El que no quiera, a chingar a su madre”. ¿Cuál esclavitud? ¿En dónde están los grilletes, las cadenas? Ni muros ni alambradas circundan Playa Bagdad. El horizonte abierto e inalcanzable sirve de referencia a la desolación: el mar al oriente y el desierto al poniente. No hay grilletes prendiendo brazos. Hay una soga para prenderse a ella y abajo un abismo. El abismo del desarraigo, de abandonarlo todo, de olvidar hasta lo último: la familia, los compañeros, la casa y las redes aunque sean prestadas; el mar y el dorado amanecer, esa diaria metáfora de esperanza. Los pescadores de Playa Bagdad no son dueños de nada. La red, su vida, es prestada. Nacen y mueren tirando de ella. A cada brazada el océano se les escurre de las manos.

Epílogo

En la Karavana la novedad es que a la fila de vehículos de todas las corporaciones policíacas, de “inteligencia” y castrenses que de por sí nos han seguido por el país entero, en Mataulipas (léase Tamaulipas) se han adherido varias camionetonas como las de la procesión fúnebre con que comienzo esta crónica. Vehículos sin placas, con los vidrios polarizados y con rótulos de la Santa Muerte en el cristal trasero. De las ventanillas asoman pesados brazaletes y gruesas placas de oro.

Ah, y sobre el funeral. Era que se murió un Junior. El hijo de un capo del narco. Tres días antes se volcó en la carretera con su camioneta Cherokee del año. Estuvo tres días en coma y murió un día antes de la llegada de La Otra Campaña. Pasó, muerto, en sentido contrario a nosotros y llevaba consigo una estela de mafiosos enfilados todos al panteón.

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