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 English | Español April 20, 2018 | Issue #43


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El Rocinante de Troya

Crónicas de un bus postmoderno con 49 pasajeros (y todos los colores del arco iris en la izquierda de abajo) siguiendo al Sub en La Otra Campaña


Por Rodrigo Ibarra
Palabras de la Otra

19 de octubre 2006

Páramos desiertos

Las grandes ventanas de Rocinante se llenaron de paisajes de una aridez, a nuestros ojos, sólo conocida en el acetato, como si cada ventana fuera una pantalla de cine donde nada más faltaran las persecuciones a caballo y los vaqueros: Una cordillera ondulante y aguda, calva y seca, a veces poblada de rocas como inmensos granizos espolvoreados. Montes abruptos de piedras desnudas acomodadas como fortalezas aisladas, escaladas por los desafiantes sahuaros.

El vaivén de la carretera mareaba menos de lo que nos embriagaba este paisaje sicodélicamente bello.

Derechos desiertos

Como péndulo que retorna de un largo viaje, muchos pueblos indios invierten el sentido del peregrinar con que poblaron Mesoamérica. Miles de triquis, mixtecos, cumiais y nahuas han dejado atrás su territorio para asentarse en El Valle de San Quintín, paraje de grandes contrastes. Aquí hombres, mujeres, niños y ancianos marchan por el desierto cada día. De madrugada, a oscuras, salen de sus sencillas casas sin electricidad, sin drenaje, sin agua potable. En la colonia San Ramón la caminata comienza en las calles terregosas y sigue por veredas gastadas entre el matorral. Para el jornalero los días son siempre largos en este cielo reseco donde el sol se arrastra hiriente.

—Se trabaja trece horas, de las cuatro a las cinco. Se gana ochenta pesos. Se comienza a trabajar temprano, desde niño. Aquí el sol como que se hace tarugo encima de las cabezas y por eso la tarde no acaba pronto. La noche es corta, se vive poco. Se ahorra el coraje en la cajita del pecho. Se guarda la indignación. El cansancio es la medicina para evitar hacer la cuenta. Si no se trabaja no hay paga, no hay días de descanso. La espalda duele desde que uno tiene memoria. La enfermedad no dura, se va uno pronto. Los abuelitos y los nietos acabalan entre ellos una tarea. La mujer sí la termina sola pero se gasta más—.

Un hombre. Un indígena triqui. Bajito él, robusto, digno e indignado, se yergue en medio de la aridez del Valle de San Quintín. Aparece sobre el horizonte. El sol a sus espaldas sigue calando recio. Habla. Como si fuera un personaje de un guión de Berthol Brecht, pisa el humo seco que se arrastra apenas perceptible por el suelo.

Parajes desiertos

Como un enjambre de anclas las espinas sostienen al sahuaro. Se encajan en el aire seco, se agarran y escalan hacia el sol. Al amanecer su sombra nace tocando el océano. A la tarde se va haciendo chiquita; empuja desde abajo para que una nueva espina se estire y el ápice alcance un milímetro más de cielo. Luego, al ponerse el sol, la sombra crece de nuevo y el brazo moreno avanza por la tierra y acaricia el golfo. Por la noche, el sahuaro cuenta las estrellas y luego sus espinas. Sueña con tener suficientes para alcanzar a apuntar una de sus saetas a cada uno de esos lejanos puntos de luz. Para el sahuaro que se yergue la perpendicularidad es la vida.

Derechos desiertos

En San Ramón, en medio de la colonia, hay una escuela de dos salones. En la fachada hay un letrero de letras gastadas y rojas: “Salón Social de Organización del Pueblo Triqui”. Es literalmente un salón de usos múltiples. No hay de otra.

Cuesta trabajo estar dentro. En 18 metros cuadrados hay más de cuarenta personas. Al fondo un pizarrón con letras borradas y un “mapa del cuerpo humano” que nombra los músculos de un descarnado en pose de bailarín. Los miembros del presidium están de pié. No hay sillas al frente, sólo hay quince butacas de este lado. Los que presiden la reunión son todos indios triquis, mixtecos, nahuas y cumiais, además de un maya de conocida parafernalia que lleva el rostro tapado. Por una abertura grande asoman dos ojos siempre serenos. Por otra pequeña se alterna su voz y el humo de una pipa.

Unos micrófonos que, paradójicamente, no se conectan a altavoz alguno llevan las palabras como hormigas a un agujero, el Internet, con salidas por todo el orbe. Los indios destapan sus cajitas y la palabra florece, se teje de colores, ordenada. Forma grecas y figuras como en un huipil. Se habla del problema laboral, de salud, de la igualdad y de los servicios públicos y la tenencia de la tierra. Se dice bastante y a todos nos quedan claras muchas cosas.

La claridad se ofrece frente a la negra sombra y encandila dolorosamente. Abajo, en la orilla del desierto, hay invernaderos y cultivos de alto rendimiento, tecnificados. Se producen frutos buenos, brillantes, simétricos. Se cultivan con muchos cuidados. Son productos de primera para personas de primera, de exportación pues. Se venden caros allende la frontera. Los tomates, los brécoles y los pimientos, a diferencia de las personas, no ocupan visa ni green card. Los millones de dólares de utilidad tampoco.

Las hortalizas son inspeccionadas rigurosamente. Se cuentan las partes por millón de pesticidas. Los rangos de tolerancia son estrictos. De no ser así se pondría en riesgo la salud de quienes las consumen.

“¡Atención, atención!”, anuncia una gran bocina que ostenta las letras LOC, “¿Quién hace cuenta de la injusticia impregnada indeleblemente en cada tomate, en cada cebollín, en cada pepinillo?”

El único seguro de las mujeres y los hombres que barbechan, siembran, cultivan y cosechan las legumbres es que si te enfermas seguro te mueres. Si eres niño seguro te explotan. Si tus brazos aguantan una arpilla seguro no vas a la escuela. Si no trabajas seguro no comes.

“Chiquillos y chiquillas, ya hay seguro popular”. Tienes derecho a hacer fila para una consulta médica a prisa y sin rigor ético. Tienes derecho a medicinas caducas. A unas píldoras milagrosas que igual se prescriben para una enfermedad respiratoria que para una digestiva o para una cuyo diagnóstico reservado anuncia la urgencia de un especialista, es decir, la inminencia de la ley absoluta. Los patrones también adquieren con el seguro popular el derecho a deslindarse de su responsabilidad.

El gobierno, paternalista dicen, administra un seguro colectivo, para las colectividades. Si te organizas para hacer un sindicato, seguro te amenazan, te madrean, te encarcelan, te matan. Si exiges tus derechos entonces, seguro, a los ojos del mal gobierno te conviertes en criminal.

  • Cuadro clínico: Primer síntoma, exigir derechos. Fiebre. Pequeños grupos minoritarios (las manzanas podridas) se dicen ignorados, marginados.
    Síntoma agravado: los grupos minoritarios, enemigos del progreso y del desarrollo, turbados, toman carreteras.
  • Diagnóstico: Enfermedad de peligro, contagiosa, epidémica: Nombre técnico: Ataques a las vías de comunicación.
  • Cura: toletes antes y después de cada aliento y dosis altas de gases lacrimógenos. Efectos secundarios del medicamento: aplicación accidental de los toletes por vía vaginal pudiendo derivar en autoflagelación de mujeres quienes enseguida acusan a los servidores públicos de violación sexual. Dosis altas de gases lacrimógenos, especialmente cuando se aplican de manera directa, pueden causar fractura de cráneo y exposición de masa encefálica y muerte.
    Si persisten las molestias recurra al ejército.

Epílogo

La reunión de adherentes del Valle de San Quintín llega al remanso. Termina de tenderse la cobija cálida. Se desaloja el pequeño salón de clase. Afuera hay un mitin público donde un joven moreno y corte de pelo militar toma la palabra. Sí es cierto. Parece policía, pero su sonrisa franca lo delata: es compa, compañero, o sea, más que amigo. Mejor que hermano porque comparte, además de la sangre de pueblo, el compromiso. Es uno de los tripulantes del Rocinante. Da su discurso pausado. Sortea los obstáculos de las ideas que se tropiezan antes de plantarse en el camino llano. Sólo nosotros notamos cómo equivoca un fonema y dice “pueblo tridi” en lugar de triqui.

La culminación es emotiva. Un poco porque anuncia el reposo que viene y otro porque asienta la satisfacción luego de un día más de compromiso cumplido. No le hace que falte todavía un chingo. Por hoy ya estamos terminando.

—Escucha al compañero de Atenco. Ándale, grita: “Atenco vive, la lucha sigue”. “Presos políticos, LIBERTAD”. “Ni PRI, ni PAN ni PRD. La Otra Campaña contra el poder”. “Lucha, lucha, lucha. No dejes de luchar. Por una causa justa de Tierra y Libertad”. “De norte a sur. De este a oeste. Ganaremos esta lucha, cueste lo que cueste”

Nuestro caballo infatigable se puebla de nuevo de risa, de canción. Afuera la noche se cierra. Está nublado. No hay estrellas. Es una noche negra que anuncia ese amanecer negado que ya viene.

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